Square One

Época de exámenes, quizá la menos indicada para abrir un algo de esto. Esa curiosa etapa en la que el cuarto de estudio apesta a madriguera y hay que ventilar unas tres veces al día para no respirar pensamientos caducados. Al fin y al cabo, la etapa de exámenes es como un yogur pasado de fecha: si no hay pérdida de visión y puedes estar dos horas sin moverte de la silla para ir al baño, entonces lo estás haciendo bien.

               El día que empieza con un examen continúa con el cerebro en un estado diferente, en una mezcla entre catatonia, estrés postraumático y afectación narcótica.  O lo que es lo mismo: diez minutos mirando los apuntes, sin poder evitar pensar en un caniche en equilibrio sobre una pelota de circo (pero de esas con una franja azul y una estrellita roja).  La degradación más absoluta llega cuando el caniche ha dado paso a una imagen tuya dando saltos sobre tu eje en el pasillo de casa.

               Sacudes la cabeza: hay que centrarse.

 

El día que continúa tras un examen uno se siente liviano.  Tan liviano tan liviano que hasta te pasas a echar un vistacillo a la demencia.

               Sin duda es un momento bonito; asomarse a la ventana de la locura, con la frente pegada al cristal, y ver jugar a los genios.

 

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