Dreams from If castle

En algunas pesadillas se coquetea con la venganza. Pero quizá no una venganza al uso. En algunos sueños concretos hay todo tipo de sentimientos; puede que al principio tan solo haya intención de enterrar el hacha de guerra, una guerra que alguien ha empezado sin contar contigo. Aunque la guerra es cosa de dos bandos, puede que simplemente A  haya escogido a B porque tenía ganas de pelear. En ese caso B es un pringado; alguien inofensivo, blanco perfecto para que se entretengan los acomplejados. Un día la guerra abierta acaba, y se pasa a los largos años de guerra fría. Aún hay tensión, al menos por parte de B, que nunca pudo bajar la guardia.

Sin embargo, algo ha cambiado dentro de ese ser manso que fue atacado: envuelta entre aquella necesidad inherente de tranquilidad y paz hay una maraña de ira, tejida con finos hilos del más puro asco. Y eso, amigos, es un peligro, quizá no inminente, pero un peligro al fin y al cabo.

Eso es lo que está dentro del cerebro, adormilado en el subconsciente, y que se manifiesta a través de los sueños como el sonido de tambores de guerra.

Tener sueños así, sin venir a cuento, –incluso cuando no hay explícita en ellos ninguna venganza per se, sino que solo están ahí los posibles objetos de la misma–, hace pensar en que tal vez uno sea un individuo que busca la venganza traumática aunque aún no lo sepa. Puede que todavía no se hayan dado las circunstancias propicias, o puede que ni siquiera se huela como un hecho probable. Quizá sea porque se trate de algo tremendamente futuro. El caso es que los sueños así asustan, y asustan porque uno se piensa mentalmente sano y no cae en la cuenta de que, tal vez, durante algún momento de su pasado algo pudo haber cambiado el curso de los acontecimientos sin ni siquiera saberlo. Puede que sin pensarlo uno haya crecido como un feliz homicida en potencia, o quizá no. Quizá solo haya crecido como un ser que buscará su desquite solamente cuando tenga todos los ases en la manga y algún hecho futuro genere un cambio de roles.

O quizá simplemente se recline en su silla, sonría tontamente y pase de todo.

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