El garaje

El estudio de Al estaba siempre abierto. Trabajaba en el garaje, y cuando volvía del colegio solo tenía que desviarme por el callejón de atrás, entre cubos de basura y hierbajos, para asomarme a escondidas y ver aquel espectáculo mudo que tanto me fascinaba. Había trastos amontonados contra la pared, trapos sucios, varias botellas de disolvente y manchas de pintura por todas partes. Casi todos los días veía cómo acababa a patadas con algún bote o a manotazos con cualquier cosa que le estorbase.

Tanto por su profesión como por su carácter era un vecino especial, y poco ruidoso, en todos los sentidos. Apenas hablaba con la gente del barrio y, por supuesto, todos murmuraban sobre él. Le tachaban de arisco y de antipático, y hasta los niños huían de él como del hombre del saco. Una pandilla del colegio pasaba a menudo por allí; los escuchaba llegar con las bicis y cuchichear entre ellos hasta que finalmente salían despavoridos calle abajo.

Cuando me escondía tras la puerta de su garaje, Al siempre tardaba un rato en advertir mi presencia, y yo mientras tanto veía cómo agarraba un grueso pincel, lo mojaba en pintura y lo aplicaba contra el lienzo, a veces tan violentamente que se escuchaban las arremetidas contra el caballete; otras con tal cuidado y ternura que me hacía pensar que pintaba jarrones de cristal.

Lo veía aparecer y desaparecer detrás de la tela, y solo cuando acertaba a levantar la vista por encima del cuadro, unos grandes y despiertos ojos oscuros se topaban con la curiosa y temerosa mirada de una pecosa aspirante a espía.

Entonces era cuando decía sin inmutarse demasiado:

–“¿No te han dicho nunca que eso que haces está feo?”

Yo salía corriendo hacia mi casa con una sonrisa de triunfo en la cara, como si sacar a aquel hombre de su trance fuese mérito suficiente para ganar un Nobel. En realidad el triunfo para mí fue siempre escucharle hablar, cosa que no hacía demasiado.

Con el tiempo, viendo que mis merodeos empezaban a ser una costumbre, me dio permiso para mirar desde cerca. Me hizo un improvisado taburete con un cajón de madera, y me dejó observarle trabajar. Le pasaba pinceles y a veces incluso pintábamos algún cuadro con las manos. Otros días, al volver del colegio me tumbaba a hacer los deberes en el suelo de su garaje. Acababa ensuciándome el vestido de pintura y poniendo cara de disgusto.  Él me llamaba fea, yo le llamaba guarro.

Mi madre no aprobaba aquella extraña amistad, no le gustaba que pasase tanto tiempo con un desconocido bohemio en lugar de jugar con los niños de mi edad.

Sin embargo, me encontraba más a gusto con Al y sus óleos que sirviendo té invisible a un selecto club de muñecas rubias.  Algunos días mientras yo pintarrajeaba algo con gesto de concentración, escondiendo el labio superior, me miraba fijamente y decía:

–“Tú deberías estar destripando gusanos y haciendo carreras de caracoles, ¿no crees?”

Toda mi respuesta era mirarle arrugando la cara en una mueca de asco.

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