Lonesome road

La última vez que lo vi estaba bastante más delgado y caminaba ligeramente encorvado. Se había hecho mayor. Llevaba el mismo sombrero color marfil que le había visto estrenar hacía años, una camisa a cuadros rojos y blancos, y una chaqueta larga de piel.

Estaba sentado en la cerca, esperando a que llegase. Al verme asomar por el sendero alzó el brazo por encima de la cabeza, dio una última calada al cigarrillo y se incorporó pesadamente. Soltó una débil carcajada y gritó:

–¡Aquí me tienes! Te dije que volverías a verme vivo.

Lo encontré alegre como siempre pero intuí en seguida que sus historias tendrían peor aspecto que su físico. Nunca había sabido vivir alejado de los excesos, quizá por miedo a que la vida se le escapase una mañana por la puerta de atrás si no se la bebía a sorbos por las noches.

Una vez incluso lo eché a patadas de mi casa; una de esas veces en las que perdía por completo el control. Hablaba más de la cuenta, y en ocasiones te apuntaba con los ojos y disparaba lo más hiriente que pudiese encontrar. Luego, con un arrepentimiento que no sabía expresar,  agachaba las orejas y se iba calle abajo cantando a pleno pulmón. Aquella noche no cantó, solo se quedó un buen rato plantado en la carretera antes de marcharse en silencio.

 

Y allí estaba ahora. Otra vez. Me dio un sentido abrazo y luego nos sentamos en la cocina con un par de tazas de café. Yo tenía aquella casa heredada, un trabajo en el pueblo, y una vida sencilla, y no sabía por qué aquella visita me recordaba al pasado que ya había rechazado una vez. A pesar de los pesares, tampoco acertaba a explicar por qué me alegraba tanto de verle.

— ¿Tienes familia? –pregunté. Él sonrió mientras encendía otro cigarrillo, se encorvó sobre la mesa arrugando el mantel y dijo: “En algún lugar, probablemente”.

No quería sonar grosera al preguntarle la razón por la que había venido, pero él intuía que en todo aquello había una invitación a que se explicase. Yo jugaba con el cordón del sombrero que había dejado sobre la mesa cuando habló:

— Nunca he soportado este lugar, ya lo sabes –echó una rápida mirada por la ventana–. Tu casa es un oasis en medio de este basurero. Pero uno no puede volver si nunca se ha ido –alzó la taza de café y arqueó las cejas.

— Y tú te fuiste –no pude evitar clavarle algo de rencor directamente entre los ojos.

Volvió a echarse hacia atrás y se encogió de hombros con el cigarrillo entre los labios. Yo sabía lo extraño que se había sentido siempre en aquel lugar, y de no haber sido así nunca hubiese sentido la necesidad de buscar alternativas, de huir. Haber salido de aquel pueblo hacía tantos años era el único motivo por el que había podido volver. Por mucho rencor que yo sintiese por su abandono, sabía que eso era la única razón que lo había traído de vuelta, con su sombrero, su tabaco y el olor a cuero añejo.

 

Estuvo un rato vagando por la casa, ojeando libros y libretas con viejas notas y garabatos mientras yo le observaba en silencio sentada en un sillón. Entonces se giró sobre sus talones y leyó en voz alta un apunte escrito hacía años:

–“…Porque, ¿qué papel ha de concederse a la persona que te abre las puertas a tu propia conciencia de ser, a tu propia autenticidad?”

— ¿Crees que hablabas de Jesús? –bromeé.

Chasqueó  la lengua, me miró de reojo y canturreó:

– “Ain’t no altars on this long and lonesome road”.

http://www.goear.com/listen/fe6caf9/aint-talkin-bob-dylan

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