Caos, Dulce Caos

Me considero una persona ordenada, aunque también sé que el orden es uno de esos mecanismos que necesitamos para tenerlo todo bajo control. Siempre hemos huido del caos como de la peste; intentamos civilizarlo todo, sujetarlo bien fuerte a nuestras normas, para que nada pudiese caer del burro. Destruimos culturas, despoblamos bosques, extinguimos especies… todo lo necesario para pulir bien cada uno de los salientes de una naturaleza que, por lo visto, nos tocaba las pelotas.

Se nos olvidó que la crueldad de lo natural es supervivencia mientras que la crueldad del ser humano es enfermedad.

 

Pero como en una cadena de fichas de dominó, cuando cae una, van todas detrás. Bendita Revolución Francesa que tiró la primera.

Nuestra cuadrada cabecita empezó a abrirse poco a poco, y el arte – ¡Aish!, ese extraño y adictivo mundo— se quitó el apretado corsé y salió a la calle con las vergüenzas al aire. Como cualquier criatura que llega al mundo, volvió desnudo, gritando y bien pegadito a lo salvaje. Al caos. Y éste se aceptó como condición de libertad.

No obstante, aún hoy parece que no llegamos a entender lo que eso significa. Miramos un cuadro que vulnera las normas, que nos sorprende con formas imposibles, y seguimos intentado reordenarlo. Buscamos un significado que nos arroje algo de control sobre el tema, por que así, supongo, nos sentimos más seguros y de nuevo los amos del cotarro. Nos negamos a consentir que haya cosas que no tengan sentido. No aceptamos que haya cosas que se nos escapen, aunque solo sea para recordarnos que no somos tan perfectos como creíamos ser, que somos los únicos que nos matamos a nosotros mismos porque se nos cruza el cable. Somos prejuiciosos, altivos, y al no saber abarcar conceptos tan amplios como esa libertad acabamos convirtiéndolo todo en una parodia grotesca.

 

Pero ahí están el arte, la música, el cine, la literatura… llaves que en las manos adecuadas nos abren las puertas a la realidad paralela donde hay cosas más perfectas que nosotros. Cosas que nos sacuden como un rito místico de esos que intentamos por todos los medios aplacar. Nos atacan a los sentidos, canales que tenemos ahí para algo, señores.  Y es que lo que me apasiona de lo que hago, no es fruto de un autor concreto o una obra en particular, es la manera que el arte tiene –en cualquiera de sus formas—de abrir miras a lo inesperado y aceptarlo e integrarlo en uno mismo; de aprender de cada diferencia que encuentras en el camino, incluso cuando esa aceptación te suponga empezar de nuevo. Los esquemas están ahí para derribarlos y volver a construirlos, una y otra vez, las que haga falta, como cuando jugábamos con los cubos de Lego.

 

Tomada de blogs.20minutos.es

René Magritte en 1965

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