El chamán

Bajó las escaleras poniéndose un suéter de lana. Dio un salto desde el último escalón y se quedó clavado con los brazos abiertos, como el cristo de Corcovado, y una sonrisa apretada en los labios.

— ¡Buenos días!

Echó un rápido vistazo a la encimera y añadió con sorna: “No me pongas pomelitos, que hoy tengo hambre, joder”.

 

Sacudió la cabeza para apartarse el pelo de la frente y, mientras mordía una tostada, le tiré con cuidado de uno de los mechones castaños que le caían por la nuca. Se giró, risueño, y me sacudió un manotazo. Fuera el sol cegaba y ya se había derretido la escarcha dejando una pátina brillante sobre la hierba.

Aquella mañana se había levantado bien; la medicación parecía hacerle efecto y eso nos tranquilizaba a los dos. A veces era inevitable pensar al verlo allí tan tranquilo, sonriéndome como un niño, que le estaba arrebatando algo; no sabía muy bien qué. Tenía la sensación de que con aquellas pastillas lo lobotomizaba, lo convertía en una persona normal cuando él siempre había sido excepcionalmente diferente.

“Estás destruyéndolo”, me decía a mí misma a cada momento, pero luego me corregía y pensaba: “No, estás serenándolo”.

 

La última vez que salimos en coche, él conducía. Sin motivo aparente se puso a chillar; gritó y gritó hasta que se puso rojo y se le marcaron todos los músculos del cuello. Las venas de las sienes empezaban a hinchársele y él seguía gritando, dando embestidas contra el volante. Yo también chillaba: le decía que se calmara, que íbamos a matarnos. Le pedí por favor que parase el coche, con el corazón en la garganta, y no sé aún cómo pasó, pero oí un chirriante frenazo y nos detuvimos. Nos quedamos parados en mitad del carril. Aún no me creía que estuviese viva, y él respiraba jadeante, como recién despertado de una espantosa pesadilla. Me miró asustado y se bajó del coche. Un  instante después volvió, se sentó, arrancó el motor y volvimos a casa en el más absoluto de los silencios.

Aquel viaje de vuelta no lo hice en coche; lo hice en una nave espacial. No sabía dónde me encontraba; todo era extraño, él era extraño, incluso yo me resultaba extraña. Aún no me había recuperado del susto y sentía que flotaba en un instante del que tenía ganas de escapar.

Cuando llegamos y bajé del automóvil me temblaban las piernas. Él me miró con una mezcla de tristeza y vergüenza, y entramos en casa.

Le pregunté si estaba bien con un débil hilillo de voz que acerté a sacar de mi garganta, y él se derrumbó. Lloró como un crío en el sofá, con la cabeza entre las rodillas y las manos entrelazadas sobre el pelo. “Ayúdame”, me pareció escuchar. “Haz que me saquen esta mierda”, me miró con ojos llorosos y yo prometí que le ayudaría.

Le susurré: “Sabes que si pudiera sacártelo con una cuchara para helado ya estarías curado”, y entonces escuché algo parecido a una risa entre los sollozos, y le besé en la cabeza.

 

Luego empezó a medicarse. Los ataques comenzaron a remitir, aunque yo sentía que una parte de él se dormía con el tratamiento. Escribía sus poemas, y seguía robando servilletas en los bares cada vez que un relámpago le iluminaba por dentro, pero algo fallaba. Quizá fuese cosa mía, presa de la sugestión, o quizá fuese cierto que el alma que animaba sus obras se estaba evaporando. Tuve miedo y ganas de decirle, como quien devuelve un animalillo a la libertad: “corre, corre al monte y escóndete”. Quise pedirle que se ocultara en los rincones más oscuros, que volviese a escuchar los ritos inconscientes que habían marcado su espíritu. Pero no pude.

Aquella mañana mientras desayunaba las tostadas y se disponía a tomarse las pastillas, se dio cuenta de cómo lo miraba. Se quedó muy quieto y dejó el vaso de agua en la mesa.

— ¿Qué pasa?

Me acerqué a él y lo abracé por la espalda. Apoyé mi cabeza contra la suya, y sin saber evitar el tono de desgracia, dije en un murmullo:

— Tú eres el chamán, y te estoy matando. Ya te he enterrado en lo más profundo del desierto.

 

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