Equipaje

 

Preparó un equipaje ligero: tan solo una mochila con algunas cosas; las importantes. Se abrochó el abrigo y salió hacia la estación de trenes, que le llevaría a la estación de autobuses, donde compraría un billete a algún lugar entre las montañas.

En el tren se colocó la mochila entre las piernas para no golpearla con los vaivenes, fijó la mirada en ella y pensó que, si le robaban aquello, le quitarían una pequeña gran parte de su vida. Le obstruirían las válvulas por las que escapaba del mundo y al mismo tiempo viajaba a través de él: su música y libros en aparatos electrónicos valiosos solo en tanto que recipientes, su chaqueta de lana gris que tan bien le vendría allá donde iba, unos pantalones vaqueros que estaban envejeciendo, su cera para ortodoncia y su arsenal dentífrico, un pequeño ordenador portátil en el que escribir sus paranoias, y su cartera: una identidad en trozos de plástico enfundados en polipiel (no llevaba mucho dinero después de haber comprado el billete).

Pero sobre todo, le arrebatarían sus gafas de ver –dependía de aquellos dos cristales como un asmático de su Ventolín–; eran sus ojos en días laborables y horas de ocio desde que la carrera empezó a mermarle la agudeza visual. Muchas veces se preguntaba qué sería de ella si le sorprendiese la ceguera; se sentiría amputada como un violinista con artritis. Entonces se consolaba asustada pensando que debía de haber otra manera, otros canales a los que acogerse, una rueda de repuesto con la que continuar el camino. A lo mejor, quizá esa rueda nueva le descubriese un viaje diferente y enriquecedor. Pero prefería conservar sus gafas. Sí, sin duda alguna.

Subió entonces la mochila a su regazo y la apretó contra ella con disimulo, como si llevase lingotes de oro o fajos de billetes sin marcar. En el fondo, era así.

“Solo son cosas”, se decía. Aunque de alguna manera, eran sus circunstancias.

“Se puede saber tanto de alguien por su equipaje, su basura y su cesta de la compra…”, pensaba. “Esa extraña relación entre lo que somos, lo que hemos sido, y lo que queremos ser”.

Se sintió vulnerable en un segundo, como si le hubiesen rajado la mochila y dejado al descubierto sus calcetines y ropa interior (recordó lo frágil que se había sentido sin zapatos ante unos desconocidos que le ofrecieron su casa, allá por el año 2005; esa extraña fraternidad establecida entre gente descalza, ciudades inexpugnables que sin calzado son otras, expuestas a la catarsis absoluta de una sincera conversación).

Se miraba en la ventanilla del tren y veía en el reflejo a un caracol con su concha: un animal que porta más que una casa, un techo; y más que ropa, algo de abrigo.

Sin embargo, estaba claro que renunciaría a todo aquello por conservar su vida en caso de atraco; podría construir sus circunstancias en base a los trocitos perdidos. Al fin y al cabo, la música y los libros solo tenían valor si había un cerebro al que sacudir y estimular; sabía que no habría abrigo si no hubiese cuerpo, que no habría gafas sin dioptrías, ni billete sin dinero; que no habría destino sin hogar.

 

 

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