Arañas

Estaba siendo una noche larga. Leo daba vueltas en la cama, a medio camino entre el sueño y la vigilia. Su cabeza no dejaba de funcionar a más revoluciones de las permitidas, impidiéndole abandonarse al descanso. El crujido de las sábanas se hacía insoportable entre tanto silencio; pataleaba entre ellas como si intentase mantenerse a flote en el mar; y mientras tanto, los pensamientos lúcidos se entremezclaban con el sueño, prosiguiendo un camino no pautado hacia la pesadilla.

Leo se durmió, agotado e intranquilo. Soñó con una barra cuadrada de aluminio; una barra que se estiraba infinitamente –no podía determinar sus límites–. No apreciaba qué la sujetaba o sobre qué estaba apoyada; todo estaba oscuro, negro, como la intemperie de una noche cerrada. Algo se movió sobre la barra; una sombra al principio, luego acertó a ver las largas patas de una araña también negra. Era enorme y repulsiva, y se movía despacio. No tenía prisa alguna en caminar por una barra sin extremos, como si hubiese asumido el control de todo, o como si no tenerlo en absoluto le relajase de tal modo que le permitiese disfrutar de su momento. Verla avanzar de puntillas sobre el aluminio, como una mano que se acerca lentamente con las yemas de los dedos, era hipnótico y asqueroso.

 

Antes de que hubiese siquiera llegado a amanecer, Leo bajó a la cocina y empezó a preparar café. Fuera, el viento azotaba los árboles del jardín, y las ramas finas y desnudas le recordaron las interminables patas de la araña de su sueño.

Sobre la mesa de la cocina había un plato con galletas grumosas (como hechas de copos de avena), y huesos de santo. Puso una taza junto a ellos, y volvió a por el jarro de café. Se plantó frente a la cafetera y se rascó la frente. Estaba inquieto.

“La incertidumbre va a acabar contigo, Leo”, se reprendía a sí mismo. “Cálmate”.

 

Volvía a la mesa con el café cuando algo le sobresaltó, sintió un latigazo a la altura del pecho que casi lo tumba. Descubierto en la intimidad de su hogar, pero intentando mantener la compostura, observó al hombre que le sonreía con las manos entrelazadas a la altura de la pelvis. Era rubio, bien vestido, con la misma expresión de benevolencia viperina de James Spader, augurio de que algo va a torcerse.

Sin decir nada más, el hombre se sentó a la mesa.

Disimulando el nerviosismo, Leo le sirvió café y se sentó frente a él. El extraño le recordaba a la repugnante araña con la que había soñado: firme, segura, imperturbable.

-¿Quieres comer algo con eso?

El extraño, sin abandonar su expresión tranquila, se decantó por las galletas grumosas. Leo mojó uno de los huesos de santo en su café y se lo llevó a la boca.

Se escuchó el chasquido de un mechero y una llamita iluminó un segundo la frente del extraño. Exhaló el humo del cigarrillo y el olor del café se empañó con el tabaco.

-Dime, Leo: ¿cómo explicarás lo de mi cadáver en tu cocina?

 

Treinta minutos después, el extraño se había disparado. Aún estaba en su silla. Aún estaba en su casa. Volvió a pensar en la araña: todo control estaba fuera de su alcance, la barra de aluminio se estiraba bajo él hasta el infinito, y solo le quedaba aquel momento, en el que permaneció sereno y relajado, caminando tranquilo sobre la barra.

Fuera había amanecido, y los almendros se recortaban contra el cielo, como pintados por Van Gogh.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s