Feet on Earth. Head on the clouds.

Con el buen tiempo, en los días despejados, se podía oír el aire batido por los altos vuelos de los aviones que a su paso dejaban surcos blancos en el cielo, fugaces como nubes de nata que se deshacen sobre un postre caliente. Volaban entrecruzados formando cuadrículas que poco a poco se fundían con los demás jirones esponjosos.

Siempre me preguntaba a dónde irían aquellos aviones, o de dónde vendrían; qué estaría ocurriendo dentro; cómo se vería mi ventana desde allí arriba; si me verían como una diminuta mota de polvo al otro lado del cristal; si se intuiría mi presencia curiosa entre los tejados rojos.

Qué tontería; cuando uno está allá arriba pierde el interés por lo que hay debajo, tan solo lo mira y ve una masa de edificios y campos. No hay personas; uno no repara en ellas a no ser que las vea directamente, y para eso hace falta descender un poco más. En cambio desde abajo miraba hacia lo alto y me hacía preguntas: ¿nos estarán viendo? ¿Existiremos para ellos? “La insignificancia en cabina allá abajo es el mundo, comandante”.

Pues no. Están viajando, entre nubes, ¿sabes? ¿Quién siente deseos de imaginar personas allá abajo, al otro lado de un enorme paño azul, cuando está rodeado por esponjas? La empatía se ha disuelto en el vapor de agua, y a mí me está absorbiendo la tierra. Al menos esta vez. Pero, cuando esté arriba, ¿me acordaré de los tejados rojos?

“Allí abajo hay luz, y se oye música al otro lado del cristal moteado”.

 

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