Mi inconsciente y su concepto de la tectónica de placas

Era verano y, como en muchos pueblos, la gente de cierta edad solía reunirse por las noches para “tomar el fresco”. Era una buena excusa para montar guardia en improvisados puestos de mando a la espera de novedades veraniegas que analizar con agudeza de miope. En consecuencia, las primicias compartidas en voz baja resultaban, cuanto menos, estrábicas. Entonces, solo quedaba atusarse la falda con gesto convencido, juguetear un instante con la dentadura, y volver al oficio.

Aquella noche, yo misma me encontraba tomando el aire con mi madre en la plaza del pueblo, (muy oscura a pesar de la farola de tres brazos) y rodeadas de otros vecinos, como si aquello se hubiese convertido en una costumbre comunal. El cielo estaba despejado y se podían contemplar las estrellas brillando con una intensidad poco frecuente. Las fugaces también pasaban de cuando en cuando, dirigiendo nuestros dedos hacia lo alto en un intento de mostrar apresuradamente nuestro hallazgo. Las sillas plegables, poco cómodas, en ese momento eran magníficos tronos imperiales hechos con loneta de rallas playeras, tubitos y plástico blanco.

En medio de aquella quietud y del murmullo de la gente, unas luces parpadeantes aparecieron a pocos metros sobre nuestras cabezas. Una señal de megafonía nos avisaba de que debíamos huir hacia las afueras o, al menos, evacuar un radio prudencial. No eran extraterrestres ni mucho menos; era un mensaje de un Instituto Geológico que nos advertía de la inminente sacudida terrestre que iba a tener lugar en aquel preciso espacio . En la mismísima plaza del pueblo. En escasos doce minutos.

Con la cuenta atrás comenzada, mi madre y yo corrimos a casa, que lindaba con el radio preventivo aconsejado por los geólogos. En aquel momento no estábamos para hacer cábalas y calcular a cuantos metros del centro quedaba nuestra casa. Lo que contaba es que en su interior estaba el resto de la familia, probablemente durmiendo.

Nos apresuramos a avisarles. Aporreamos la puerta del piso de los abuelos, esperando no causarles ningún infarto en el proceso. La abuela abrió, somnolienta y despeluzada por el lado en que había estado apoyada la cabeza. El abuelo nos escuchaba desde el cuarto, donde se vestía lo más rápido que podía y se ponía unos zapatos. Salió al umbral, terminó de atender a nuestras explicaciones: “no nos dará tiempo a salir del pueblo”. “Creo que estamos lo suficientemente alejados del epicentro, pero puede que me equivoque”. “Poneos bajo el marco de alguna puerta, protegeos… Bajo una mesa… lo que sea”. El abuelo cruzó entre nosotras y bajó las escaleras hacia el garaje.

–¿Dónde vas ahora?

Como quien no tiene un segundo que perder, contestó:

–¿Adónde crees que puede ir un hombre a estas horas?

Y desapareció ante nuestras caras de incomprensión.

Al no saber qué era lo que planeaba, tomamos a la abuela del brazo y la llevamos a nuestro piso, donde mi padre ya estaba dispuesto a colocarnos bajo alguno de los dinteles.

Unos segundos después, empezamos a notar un temblor bajo nuestros pies. Nos agarramos lo más fuerte que pudimos a las jambas de la puerta, casi prensados unos con otros. La sacudida no sólo no cesaba, sino que se hacía cada vez más intensa. Vimos cómo en la oscuridad de la noche, una espesa nube de polvo ascendía desde la calle hasta el segundo piso en el que nos encontrábamos. Sonaban cascotes y hélices batiendo a toda máquina en el exterior (¿serían los geólogos y su extraño artefacto?).

Duró tan solo unos segundos. Luego todo quedó en calma; algunos muebles se habían volcado y la casa estaba sucia y polvorienta, como tras años de abandono. Los cuatro estábamos bien, asustados y con el pulso acelerado al límite. Dimos la vuelta a uno de los cojines del sofá y sentamos a la abuela unos minutos hasta que recobró un poco la tranquilidad. Acto seguido, bajamos hacia la calle.

La puerta que comunicaba con el garaje se abrió y cayó al suelo al soltarse de los goznes con el terremoto. Oímos unos ruidos que venían del fondo de aquella masa oscura y cenicienta en la que se había convertido la cochera: el abuelo seguía amarrado a las jambas de la puerta de la bodega y, al vernos, se soltó y vino hacia nosotros.

–¿Ves? –Me dijo, señalando los postes entre los que se había refugiado—Para que luego digas que no te hago caso.

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2 pensamientos en “Mi inconsciente y su concepto de la tectónica de placas

  1. Y mi pregunta es: ¿En qué estaría pensando el abuelo pa bajarse al garaje? ¿Es que no había más jambas en los dos pisos de arriba?
    Los abuelos y su lógica incomprensible XD

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