A myth shook my psyche, Jimi.

Sintió frío. Frío y ganas de alejarse.

Había vivido en su propio más allá; en el mundo que subyace bajo la apariencia. Había vivido dentro de las formas cambiantes de las nubes.

En la realidad, en cambio, sentía cierto desamparo. Su habilidad social se había congelado y latía en la inmadurez del estado salvaje. Esa pureza ruda e indómita dejaba tras de sí una morgue de relaciones humanas exprimidas hasta el extremo, como piedras rodantes que han agotado su inercia y se detienen.

Le atraía de vez en cuando observar la realidad con la curiosidad de un voyeur, hasta que un pensamiento oscuro le asustaba, y entonces retrocedía.

Siempre que regresaba de sus merodeos, a toda prisa se abría paso de nuevo entre la espesura. Corría esquivando las ramas que restallaban como látigos y que a veces le arañaban la piel, al tiempo que repetía una y otra vez para sí: “destrucción y supervivencia”. Destrucción y supervivencia.

 

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