La entrevista

Llegué con un poco de retraso al bar de la calle X donde iban a entrevistarme. Acababa de terminar de grabar hacía no mucho una actuación para un programa de la tele, precedido por cuatro músicos con el pelo lacio y cardado (unos rubios, otros morenos), y mallas de vinilo. Me sentí un tanto anacrónico, con mi camisa blanca holgada, mis vaqueros, mis pelos despreocupados y mi chaleco verde militar. Los tiempos cambian, me dije, pero yo aún me siento tan bien…

La puerta chirrió y cada uno de los presentes siguió a lo suyo. Me quité las gafas y achiné los ojos buscando a mi periodista. La encontré al fondo del local, de espaldas al poco bullicio, identificable por su desconexión con el ambiente y los habituales. Llevaba una falda amarilla larga hasta los pies y un fino y descuajaringado jersey negro que se remangaba en aquel preciso instante. Cuando experimento alegría siento algo detrás de las orejas; llámenlo prejuicios positivos, pero aquella interrupción estética me dio buenas vibraciones.

Saludé cordialmente a aquella chiquilla, pedí una cerveza (ella declinó educadamente mi invitación al no querer mezclar el trabajo con la bebida), y comenzamos.

***

Me di cuenta mientras hablaba de que mi interlocutora se había distraído unos segundos contemplando cada una de las chapitas prendidas de mi chaleco (podría llevar más de treinta). Entre ellas, llamaron su atención una del Che, y otra del mantra Om hinduista.

Me divirtió aquella momentánea distracción e intuí en ella un deseo de entrever mi personalidad al otro lado de mis abalorios. Por su juventud quizá tuviese una insatisfecha curiosidad por una época que no vivió y a la que viajaba a través de mí, de mi ropa y de mis recuerdos, de mi música.

Su perspicacia, su interés y su manera de mirarme (como si traspasada la piel ya no tan tersa y las crecientes arrugas estuviese el espíritu no muerto de los setenta) me divertían. Y la verdad: la tomé cariño, una ternura circunstancial, un “no pienses que cualquier tiempo pasado fue mejor” pero tampoco abandones nunca esa nostalgia, esa melancolía, ese suspiro que sé que está a punto de escapársete, porque gracias a eso la vida de muchos tendrá un sentido. Yo habré dedicado mi paso por aquí a algo intemporal, a una eternidad que ni tú ni yo conoceremos pero de la que ambos seremos partícipes: yo por morir y tú por mantenerme vivo.

Debí de quedarme mirándola, sonriendo, mientras pensaba todo esto porque en seguida volvió los ojos hacia mí, ligeramente ruborizada. Me propuse entonces bromear, ponerla un poco nerviosa:

–¿Demasiadas insignias?

–¡No, no! Están bien. Son muy… variadas –detuvo sus ojos en la que parecía una condecoración militar.

No pude menos que soltar una carcajada y una mirada de disculpa por ser un poco capullo. A mi edad…

Conseguí con aquello que se concediese un inciso en la entrevista y me preguntase acerca de mi muestrario ornamental. Charlamos un rato sobre esto y aquello, nos desviamos del asunto que había venido a tratar, y mientras se formaba un pequeño cerco de agua bajo mi cerveza, recordamos a Hendrix y el “dorado Woodstock” –como ella lo llamaba—. Se interesó por anécdotas sobre algunos amigos míos que, lejos de desmitificar la imagen que tenía de ellos, avivaron la chispa de sus ojos atentos y vivarachos.

Mientras le explicaba cómo fue mi viaje a San Francisco, se percató de que la grabadora seguía encendida y sin prestarle más atención de la que requiere apretar un botón, la apagó y siguió escuchándome.

–¿Esto ya es extraoficial? –Bromeé.

–Lleva media cinta siendo extraoficial –rió.

–Bueno, entonces te pediré una cerveza.

***

 

Me había acomodado a su compañía (quizá porque me escuchaba con respeto): yo le contaba cosas, ella me hacía reír.

Parecíamos dos putas en una iglesia, los dos, ajenos física y anímicamente a lo que ocurría a nuestro alrededor. Y me sentía bien con aquella criatura venida del presente, aunque personalmente no reconocía en mí más nostalgia por décadas pasadas que la de alguien que ha vivido en ellas los mejores años de su vida. No sabría decir si ésa era mucha o poca. Por eso no entendía muy bien el motivo de su añoranza por una época que no había conocido, así que le pregunté.

–Quizá sea ese el motivo –me dijo—, que no he vivido en ese tiempo los mejores años de mi vida.

–¿Entre guerras, utopistas y heroína?

Se limpió del labio un poco de espuma de cerveza con los dedos.

–No ha cambiado tanto el mundo entonces.

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