Paranoid?

–¡Vaya! ¿No le parece una muestra impecable, una labor sublime de coleccionismo? Todas estas obras tan brillantes… ¿Qué le parece?

–¿Quiere realmente saber mi opinión? Creo que esta exposición es un insulto, una soberbia tomadura de pelo. Una grotesca exhibición de presos políticos. ¿Quiere que siga?

–¡Pero qué dice usted!

–Digo que deberían cambiar el título de la exposición, debería llamarse Oda a mí misma. Por X.

Sí, estoy de acuerdo: las obras son magníficas, de un gran valor plástico, estético e histórico artístico para esta región, y para el mundo en su conjunto. Pero si me permite decirlo, esta señora se ha dedicado durante años a acaparar bajo su ala un arte que fue creado precisamente con el deseo de desvincularse de la élite cultural, con el afán de democratizarlo y acercarlo a una masa cultural mucho más amplia: al público de estas regiones y de más allá de ellas: lograr universalidad (aunque sea imposible desterrar un pequeño poso local). De ahí parte de la grandísima importancia que estos artistas otorgaron al papel del espectador en la creación artística; los artistas querían hacer al pueblo partícipe de la obra de arte, y que la obra de arte necesitase de la participación del público para completarse.

¿Y qué tenemos? Tenemos que se ha segado por completo esa esencia social y de acercamiento cultural, como si de un pescuezo se tratase. Esta señora se jacta del valor histórico y patrimonial que estas piezas tuvieron en un proceso de cambio tanto político como económico y socio-cultural, y así nos lo vende. Pero no se cansa de repetirnos que es suyo, privado. Y es tan buena difusora que tiene la deferencia de pasear su colección por el mundo, de institución pública en institución pública, recalcando cuán grande es su bolsillo que le ha permitido agenciarse esa “parte tan importante de la historia del arte de su tierra” para ella solita. Y la gente aplaude su labor. Aplaude que nos dé a probar las miguitas de algo que legítima y conceptualmente pertenece al público, porque así fue ideado por sus creadores. Esta señora es la primera que se llena la boca hablando de utopías que ella misma ha ayudado a soterrar.

Esto, señor, es una puta vergüenza. Una exhibición sobre dónde acaban los ideales, tengan la forma que tengan. Una obra de arte despojada de su esencia es un recipiente vacío, que solo sirve para explicar cómo fueron las cosas y cómo dejaron de serlo. Para mí, señor, esto que vemos aquí tuvo muchísimo sentido, tuvo un porqué, tuvo alma. En manos de esta mujer, es un escaparate de cinismo; reses muertas por todas partes.

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