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El gusto del esfuerzo recompensado que da paso a la recta final.  Así estamos, con un extraño temblor de rodillas que va y viene. Lo bueno: ha vuelto el olor a tierra mojada. Han vuelto los chaparrones que arrastran de los cristales las plumillas de las palomas, la mierda que había dejado el verano en el tejado.  Lo malo: el polvo del camino aún no pesa, no existe, solo se deja sentir como una nube amarilla a la espera paciente de que otro chaparrón la aplaste contra el suelo.   

           

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