One hundred and fifty-one

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“Rothko Chapel”, Houston (Texas, EE.UU.),  1964-67.

A veces pienso que –de haber tenido ese algo especial, o si soy capaz de encontrarlo algún día– debería haberme dedicado a crear. Pintar. Al fin y al cabo, mi mundo interior es bastante jugoso, todo lo jugoso que puede ser un agujero negro, con sus plantas de interior, su lava y su sosa cáustica con algunas isletas diseminadas donde es posible la vida (ya no sé si decir humana, o solo vida). De algún modo, es como tener una acidez de estómago que controle tus impulsos nerviosos. La esperanza queda depositada siempre en esas islas (no sé, El Hierro se ha elevado unos 5 centímetros). Quizá las erupciones, los dramáticos estertores de la Tierra, la resurrección de la lava y todo ese menjunje sea lo que saque un poco más a flote las pequeñas islas verdes.

O no.

Quizá sea también necesaria la paz de espíritu de Rothko, la tranquilidad moral que uno puede darse a base de puntos de inflexión y bofetadas en estéreo. Esos remansos de armonía donde cualquier dolor se atenúa, donde uno vuelve a verse como una mota insignificante y todo lo punzante se suaviza, todo lo pesado se aligera y flota en la ingravidez. El arte es la religión de muchos, de los que nos alejamos displicentes de las iglesias pero nos arrodillamos ante una grandeza cíclica que devuelve la emoción a la emoción, que nace de un alma y vuelve a otra.

Y la transforma. La fe de todo esto está en la transformación, en ser mejores personas.

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